Raíces que resisten: cómo las mujeres indígenas de México están escribiendo su propia historia
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Hay una palabra en zapoteco, guenda, que no tiene traducción exacta al español. Se acerca a algo como "el alma de las cosas que nos conectan". Y si algo define el movimiento que están construyendo miles de mujeres indígenas a lo largo y ancho de México, es precisamente eso: una fuerza invisible pero palpable que las une, que las sostiene, que las empuja hacia adelante aunque el mundo lleve siglos intentando hacerlas retroceder.
No hablamos de un movimiento con sede central ni con vocera oficial. Hablamos de algo más orgánico, más profundo. Hablamos de una abuela mixteca en Oaxaca que decidió enseñarle a su nieta a hablar su lengua materna cuando la escuela le dijo que eso "no servía para nada". De una mujer tzeltal en Chiapas que se presentó a la asamblea comunitaria aunque nadie esperaba verla ahí. De una joven nahua en Hidalgo que abrió una cuenta de TikTok para documentar su vida cotidiana y terminó con miles de seguidoras que nunca habían visto su cultura reflejada en una pantalla.
El doble peso que cargan
Ser mujer en México ya implica navegar un sistema que históricamente ha puesto obstáculos a cada paso. Pero ser mujer indígena significa cargar con una doble capa de invisibilización: la del género y la de la etnia. Durante décadas, las políticas públicas las ignoraron, los medios de comunicación las exotizaron o simplemente no las mostraron, y dentro de sus propias comunidades, muchas enfrentaron estructuras patriarcales que les negaban voz en las decisiones colectivas.
Margarita Sántiz, una fotógrafa tzotzil de San Cristóbal de las Casas, lo dice sin rodeos: "Nos decían que las asambleas eran para los hombres. Que nosotras debíamos estar en casa. Pero yo tenía cosas que decir, y aprendí a decirlas con mi cámara."
Su trabajo ha sido exhibido en galerías de Ciudad de México y Europa, pero lo más importante para ella es que sus fotos circulan entre mujeres de su comunidad. "Cuando una mujer de aquí se ve en una imagen y piensa 'eso soy yo, eso vale', algo cambia en ella. Algo se rompe y algo se construye al mismo tiempo."
Tradición no es sinónimo de quietud
Uno de los malentendidos más frecuentes —incluso entre personas bien intencionadas— es asumir que defender la tradición indígena implica aceptar todo lo que viene con ella, incluidas las jerarquías que excluyen a las mujeres. Pero las líderes que están emergiendo hoy en comunidades de Guerrero, Veracruz, Yucatán y Michoacán tienen una respuesta clara para eso: la tradición no es un bloque monolítico.
"Nuestra cultura tiene siglos de sabiduría sobre la tierra, la medicina, la comunidad. Pero también tiene heridas que fuimos acumulando, muchas de ellas impuestas por la colonización", explica Rosalinda Dionicio, promotora de salud comunitaria en la Montaña de Guerrero. "Rescatar lo ancestral no significa quedarnos con todo. Significa discernir, elegir, y eso también es un acto de poder."
Esta perspectiva está transformando la manera en que muchas comunidades abordan temas como la participación política femenina, el acceso a la educación de las niñas y la atención a la violencia de género. No desde afuera, no con imposiciones externas, sino desde adentro, con las propias herramientas culturales resignificadas.
Las que tomaron la palabra
En los últimos años, México ha visto surgir figuras que combinan activismo, arte y liderazgo comunitario de maneras que desafían cualquier categoría fácil. María de Jesús Patricio Martínez, conocida como Marichuy, se convirtió en la primera mujer indígena en buscar la presidencia del país en 2018, no para ganar —ella misma lo decía—, sino para hacer visible lo que el sistema prefería ignorar.
Pero más allá de los nombres que llegan a los titulares, hay cientos de mujeres que trabajan sin reflectores. Las parteras que documentan su conocimiento ancestral para que no se pierda. Las tejedoras que insisten en que cada diseño es un texto, una historia, un acto de resistencia. Las maestras bilingües que pelean cada año para que el presupuesto les alcance y para que sus alumnas no tengan que elegir entre su lengua y su futuro.
Tecnología con raíces
Algo que sorprende —y que debería sorprendernos menos— es la velocidad con la que muchas de estas mujeres han adoptado las herramientas digitales sin perder su anclaje cultural. Las redes sociales, que tantas veces reproducen estereotipos y exclusiones, se están convirtiendo también en espacios de afirmación identitaria.
Cuentas en Instagram donde mujeres mazahuas comparten recetas con explicaciones en su lengua. Podcasts en totonaco que abordan la salud mental desde una perspectiva comunitaria. Grupos de WhatsApp donde artesanas de distintos estados coordinan ventas directas y se organizan para no depender de intermediarios que históricamente se han quedado con la mayor parte de las ganancias.
"El teléfono es una herramienta, como el telar o el comal", dice con una sonrisa Lucina Flores, una joven artesana purépecha de Pátzcuaro que vende su trabajo a través de redes sociales. "Lo que importa es para qué lo usas y si te mantiene conectada a lo que eres."
Lo que México tiene que aprender
El país entero tiene una deuda histórica con sus pueblos originarios, y esa deuda tiene rostro de mujer. Pero más allá de la deuda, hay una oportunidad enorme: aprender de formas de organización comunitaria, de relación con el territorio y de resolución de conflictos que llevan siglos funcionando y que hoy, frente a la crisis climática y el agotamiento del modelo individualista, suenan más urgentes que nunca.
Las mujeres indígenas no están pidiendo lástima ni reconocimiento simbólico. Están exigiendo condiciones reales: acceso a justicia en su lengua, representación política genuina, recursos para sus proyectos, y sobre todo, que se deje de hablar de ellas para empezar a hablar con ellas.
Como dice Rosalinda con esa claridad que viene de años de trabajo en comunidades donde las palabras tienen que pesar: "No somos el pasado de México. Somos parte de su presente y, si nos dejan, también de su futuro."
Y todo indica que, con o sin permiso, van a estarlo.