Sin aplausos pero con raíces: las mujeres que están cambiando México desde las sombras
Photo: AngieRomo27, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Cuando pensamos en liderazgo, solemos imaginar escenarios iluminados, discursos memorables o perfiles de redes sociales con miles de seguidores. Pero hay otro tipo de liderazgo —quizás el más poderoso— que ocurre lejos de los reflectores: en la colonia, en el mercado, en la asamblea vecinal, en la cocina comunitaria que abre sus puertas cada mañana sin que nadie lo anuncie. Ahí, entre el polvo y la cotidianidad, viven y trabajan mujeres que están transformando México desde adentro.
Esta es su historia. O mejor dicho, un pequeño destello de ella.
La líder que nadie ve venir
Doña Esperanza tiene 58 años y vive en una colonia popular en los límites de Ecatepec, Estado de México. Nunca se postuló a ningún cargo. Nunca grabó un reel ni dio una entrevista. Pero lleva más de quince años coordinando una red informal de apoyo entre vecinas: desde conseguir medicamentos para adultos mayores hasta organizar guardias nocturnas cuando el alumbrado público fallaba. "Yo no lo llamo activismo", dice entre risas, "lo llamo vivir en comunidad como se debe."
Casos como el de Esperanza se multiplican en todo el país. Son mujeres que no se identifican necesariamente como lideresas, pero que de facto sostienen el tejido social de sus barrios. Investigadoras de género y organizaciones civiles coinciden en que estas figuras —mayoritariamente femeninas— son las que mantienen viva la cohesión comunitaria en contextos donde el Estado llega tarde, mal o simplemente no llega.
Tejer redes donde el sistema deja huecos
En Oaxaca, un colectivo de mujeres zapotecas lleva años documentando la violencia doméstica en comunidades rurales donde no existe ni una sola agencia del Ministerio Público a menos de dos horas de camino. Lo hacen sin financiamiento federal, sin oficinas propias, a veces reuniéndose en el patio de una casa o bajo la sombra de un árbol. Han acompañado a más de trescientas mujeres en procesos legales, de salud y de reintegración económica.
"Nosotras somos el puente", explica una de sus integrantes, que prefiere no dar su nombre por seguridad. "Entre la mujer que sufre y el mundo que no la escucha, nosotras somos el puente."
Esa metáfora del puente aparece una y otra vez cuando se habla con mujeres que trabajan en organizaciones de base. No se perciben como heroínas ni como figuras de autoridad, sino como conectoras. Mujeres que unen lo que está roto, que llenan los vacíos que otros dejan.
El costo invisible del trabajo invisible
Hay algo que rara vez se menciona cuando se celebra este tipo de liderazgo: el costo personal que implica. Muchas de estas mujeres combinan su trabajo comunitario con jornadas laborales formales, con la crianza de hijos, con el cuidado de personas mayores. El tiempo que dedican a sus comunidades es tiempo que roban al descanso, a la salud, a sí mismas.
Margarita, que coordina una despensa comunitaria en la periferia de Guadalajara, lo describe con una honestidad que duele: "A veces llego a casa a las once de la noche y todavía tengo que preparar la comida del día siguiente para mi familia. Nadie me va a dar un premio por eso. Pero tampoco lo cambiaría."
Esta doble jornada —la del trabajo remunerado y la del trabajo comunitario no pagado— es una realidad que recae de manera desproporcionada en las mujeres. Los estudios sobre economía del cuidado en México señalan que las mujeres realizan en promedio el triple de trabajo no remunerado que los hombres. Cuando ese trabajo no remunerado incluye además el sostenimiento de toda una comunidad, la deuda social se vuelve impagable.
Pequeñas victorias que nadie reporta
Pero también hay victorias. Silenciosas, modestas, profundas.
Una biblioteca comunitaria en Chiapas que empezó con veinte libros donados y hoy tiene más de dos mil. Un grupo de mujeres en la Mixteca que logró que su municipio instalara luminarias en el camino al río donde varias habían sido agredidas. Una red de madres en Ciudad Juárez que creó su propio sistema de alertas tempranas ante la violencia, mucho antes de que cualquier institución lo hiciera.
Estas historias no llegan a los titulares. No generan tendencia. Pero transforman vidas de manera concreta, inmediata, duradera. Y detrás de cada una hay una mujer —o varias— que apostó por su comunidad cuando nadie más lo hacía.
Reconocer sin romantizar
Hablar de estas mujeres exige un equilibrio delicado: reconocerlas sin romantizar su sacrificio. Celebrar su fuerza sin usarla como excusa para seguir cargándoles responsabilidades que corresponden al Estado. Visibilizarlas sin convertir su anonimato —muchas veces elegido, muchas veces necesario para su seguridad— en un espectáculo.
El verdadero homenaje no es solo escribir sobre ellas. Es construir condiciones para que no tengan que hacerlo todo solas. Políticas públicas que las reconozcan. Presupuestos que financien el trabajo comunitario. Instituciones que escuchen antes de llegar a imponer.
Y mientras eso llega —porque en México siempre estamos esperando que llegue— lo mínimo que podemos hacer es nombrarlas. Mirar hacia donde ellas trabajan. Aprender de su manera de entender el mundo: como algo que se cuida entre todas, desde abajo, sin esperar aplausos.
Una voz que nos une a todas
En Mujeres en México creemos que las historias que más importan no siempre son las más ruidosas. A veces, las voces que más inspiran son las que hablan bajito, las que no piden reconocimiento, las que simplemente hacen.
Esperanza, Margarita, la mujer zapoteca sin nombre que es un puente: ellas son México también. Un México que resiste, que cuida, que construye. Un México que merece verse reflejado, con orgullo y con honestidad, en cada historia que contamos.
Porque al final, eso es lo que nos une: saber que en algún rincón del país hay una mujer que hoy, sin cámaras ni aplausos, está haciendo que todo funcione un poco mejor. Y eso, sencillamente, es extraordinario.