La tierra también es de ellas: las mujeres que pusieron su cuerpo para salvar el planeta
Photo: Mexican women environmental activists community nature forest, via blog.plant-for-the-planet.org
Hay una imagen que se repite en distintos rincones de México: una mujer parada frente a una máquina, frente a un funcionario, frente a una cámara o frente al río que se está secando. No lleva uniforme de activista. No viene de una ONG internacional ni tiene un doctorado enmarcado en la pared. Viene de la comunidad. Y por eso, precisamente, sabe exactamente qué está en juego.
El ambientalismo en México tiene nombre de mujer, aunque rara vez se cuente así.
El agua no se vende, se defiende
En la región Mixteca de Oaxaca, donde la deforestación y la erosión del suelo han convertido zonas antes fértiles en paisajes áridos, colectivos de mujeres llevan más de una década trabajando en la restauración de cuencas hidrográficas. No lo llaman "activismo". Lo llaman sobrevivencia.
María Luisa, originaria de un municipio que prefiere no nombrar por seguridad, lo explica sin rodeos: "Cuando el agua se acaba, las primeras que cargamos el problema somos nosotras. Nosotras caminamos horas para traerla. Nosotras la racionamos. Nosotras les explicamos a los hijos por qué no hay. Entonces, ¿quién mejor que nosotras para defenderla?"
Esta lógica, que parece sencilla pero es profundamente política, es la que ha llevado a cientos de mujeres rurales a convertirse en las voces más firmes contra proyectos extractivos, mineros y agroindustriales que amenazan los mantos acuíferos de sus regiones. Sin micrófonos grandes. Sin cobertura mediática garantizada. Pero con una claridad que pocos expertos tienen.
Cuando el bosque habla, ellas escuchan
En Guerrero, en Chiapas, en Michoacán, las guardianas del bosque no son una metáfora. Son mujeres reales que patrullan territorios, documentan la tala ilegal y denuncian ante autoridades que muchas veces miran hacia otro lado. Algunas han recibido amenazas. Otras han tenido que desplazarse. Y sin embargo, siguen.
El caso de las comunidades forestales en la Sierra Norte de Puebla es especialmente revelador. Ahí, organizaciones lideradas mayoritariamente por mujeres indígenas han logrado frenar concesiones mineras mediante procesos de consulta que ellas mismas aprendieron a exigir, artículo por artículo, ley por ley. "Nos dijeron que no entenderíamos los documentos legales", recuerda una de las integrantes. "Y entonces nos los aprendimos de memoria."
Esa combinación de conocimiento ancestral del territorio con una apropiación feroz de las herramientas institucionales es lo que hace a estas líderes tan difíciles de ignorar, aunque muchos sigan intentándolo.
El activismo también tiene código postal urbano
Sería un error pensar que esta historia solo ocurre en zonas rurales. En las ciudades, otras mujeres están reimaginando qué significa vivir de manera sostenible cuando el cemento lo cubre todo.
En la Ciudad de México, colectivos como huertos comunitarios en Iztapalapa, brigadas de reforestación en Tlalpan o redes de consumo responsable en la Colonia Roma están siendo organizados, en su mayoría, por mujeres jóvenes que se cansaron de esperar que las políticas públicas llegaran solas. Lo hacen entre semana después del trabajo, los sábados con sus hijos, los domingos con las vecinas.
Sofía, de 29 años y coordinadora de un huerto urbano en el oriente de la capital, lo dice con una sonrisa que mezcla orgullo y agotamiento: "Nadie nos va a dar permiso para hacer esto. Así que dejamos de pedirlo."
Esa frase podría ser el lema de toda una generación.
Educar es también un acto ambiental
Una de las apuestas más poderosas de estas líderes es la educación. No la educación formal, que muchas veces llega tarde o no llega, sino la educación que ocurre en la milpa, en la asamblea comunitaria, en el grupo de WhatsApp del barrio.
En Yucatán, mujeres mayas están recuperando prácticas agrícolas tradicionales y transmitiéndolas a las nuevas generaciones como un acto de resistencia cultural y ecológica al mismo tiempo. En Jalisco, maestras rurales están integrando la educación ambiental en sus clases con materiales que ellas mismas elaboran porque los libros de texto no alcanzan. En Baja California, jóvenes universitarias organizan talleres en secundarias sobre cambio climático con un lenguaje que los adolescentes entienden y que, sobre todo, los interpela.
La apuesta es clara: si el futuro del planeta depende de las decisiones que tomen las próximas generaciones, alguien tiene que enseñarles a tomarlas bien. Y ese alguien, en muchos casos, es una mujer.
El precio de defender lo que amas
Sería deshonesto contar esta historia sin hablar del costo. México es uno de los países más peligrosos del mundo para las personas defensoras del medio ambiente, y las mujeres enfrentan una doble vulnerabilidad: por su trabajo y por su género. Las amenazas, el acoso, la criminalización y en los casos más extremos, la violencia física, son una realidad que estas mujeres conocen y que no las ha detenido, pero que tampoco se puede romantizar.
Organizaciones como el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas han documentado casos de mujeres ambientalistas que viven con medidas cautelares, que cambian de ruta para llegar a su casa, que aprenden a encriptar sus comunicaciones. Defender la tierra, en México, puede ser un acto de valentía que pone en riesgo la vida.
Y aun así, siguen.
Lo que ellas están construyendo
Lo que estas mujeres están haciendo no es solo ambientalismo. Es una reconfiguración profunda de quién tiene derecho a hablar sobre el futuro, de quién tiene autoridad para decidir sobre los territorios, de quién merece ser escuchada cuando dice que algo está mal.
Están desafiando la idea de que el conocimiento válido solo viene de las universidades o los laboratorios. Están demostrando que la sostenibilidad no es un concepto de revista de diseño sino una práctica cotidiana que millones de mujeres en México ya ejercen, aunque nadie las llame así.
Y están, sobre todo, sembrando. No solo árboles, no solo huertos. Están sembrando la convicción de que otro modo de habitar este país es posible, y de que ese modo tiene que ser construido desde abajo, desde las comunidades, desde las manos y las voces de quienes más tienen que perder si el planeta sigue en el camino que lleva.
La tierra también es de ellas. Y ellas lo saben perfectamente.