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Las que mueven el barrio: activistas de a pie que están cambiando México desde sus colonias

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Las que mueven el barrio: activistas de a pie que están cambiando México desde sus colonias

No tienen oficina. Tampoco tienen publicistas ni patrocinadores corporativos. Lo que sí tienen es algo que ningún presupuesto puede comprar: el conocimiento profundo de su colonia, la confianza de sus vecinas y una determinación que no se negocia. Son las activistas comunitarias que llevan años —a veces décadas— construyendo cambios reales en los lugares donde el Estado llega tarde, mal o de plano no llega.

Son mujeres como tú y como yo. Madres, abuelas, jóvenes recién egresadas, señoras que un día se hartaron de esperar. Y aunque sus nombres rara vez aparecen en los titulares, su trabajo sostiene comunidades enteras.

El poder que nace en lo cotidiano

Margarita Sánchez lleva doce años organizando a las mujeres de su colonia en el oriente de la Ciudad de México. Todo empezó cuando su vecina fue víctima de violencia doméstica y no supo a dónde acudir. "Me di cuenta de que el problema no era solo de ella. Era de todas nosotras. Nadie sabía qué hacer, a quién llamar, cómo ayudar sin meterse en problemas", cuenta.

Desde entonces, Margarita creó una red informal de apoyo que hoy conecta a más de ochenta familias. Tienen un grupo de WhatsApp, una lista de contactos de emergencia y un protocolo básico —hecho por ellas mismas— para acompañar a mujeres en situación de riesgo. Sin presupuesto. Sin oficina. Con puras ganas y mucho café.

Historias como la de Margarita se repiten en colonias populares de Monterrey, Oaxaca, Tijuana, Acapulco y cientos de municipios más. Mujeres que identificaron un problema en su entorno y en lugar de esperar una solución de arriba, empezaron a construirla desde abajo.

Seguridad, agua y luz: las batallas más urgentes

Las demandas que movilizan a estas activistas no son abstractas. Son concretas, urgentes y cotidianas: una calle sin alumbrado público donde las mujeres no pueden caminar solas de noche, una colonia sin acceso regular al agua potable, una escuela sin mantenimiento, un parque tomado por la delincuencia.

En una comunidad periurbana de Ecatepec, un grupo de vecinas lleva tres años documentando los cortes de agua en su zona. Llevan un registro puntual: fechas, horas, duración. Han presentado quejas formales, han ido a marchas, han bloqueado avenidas. "Nos dicen que somos conflictivas", dice Lorena, una de las integrantes. "Pero lo que somos es persistentes. Hay una diferencia enorme."

Esa persistencia ha dado frutos. Gracias a su presión sostenida, lograron que la delegación instalara una red de distribución de emergencia durante los meses más críticos. No es la solución definitiva, pero es un avance que no habría ocurrido sin ellas.

Tejer redes donde hay fracturas

Una de las estrategias más poderosas del activismo comunitario femenino es la creación de redes de confianza en contextos donde esa confianza se ha erosionado. En colonias marcadas por la violencia o el abandono institucional, el miedo suele fragmentar a las comunidades. Las mujeres organizadas trabajan precisamente contra esa fragmentación.

En Culiacán, un colectivo de madres que perdieron a sus hijos en situaciones de violencia se convirtió en algo mucho más grande que un grupo de duelo. Hoy gestionan una despensa comunitaria, dan talleres de primeros auxilios emocionales y acompañan a familias recién llegadas a la ciudad que no conocen los servicios disponibles. "Nos unió el dolor, pero nos quedamos por la fuerza", explica una de sus fundadoras.

Esta capacidad de transformar el dolor en acción colectiva es, quizás, una de las características más distinctivas del activismo liderado por mujeres en México. No se trata de heroísmo individual, sino de inteligencia colectiva: saber quién tiene una camioneta para llevar a alguien al hospital, quién puede cuidar a los niños mientras otra va a una audiencia, quién conoce a la trabajadora social del centro de salud.

Los obstáculos que nadie cuenta

Sería deshonesto hablar de estas mujeres sin nombrar también lo que enfrentan. El activismo comunitario en México no es romantizable. Implica riesgos reales.

Algunas han recibido amenazas por señalar a caciques locales o denunciar corrupción en obras públicas. Otras han enfrentado el hostigamiento de autoridades que no quieren que se organice la gente. Muchas cargan con la doble jornada: activistas de día, madres y trabajadoras también. Y casi todas operan con recursos mínimos, financiando de su propio bolsillo los materiales, las impresiones, los traslados.

"Hay semanas que no sé de dónde voy a sacar para el pasaje", admite Patricia, organizadora de un colectivo feminista en una colonia de Guadalajara. "Pero también hay semanas en que una vecina me trae tamales porque sabe que ando ocupada. Eso te recarga de una manera que ningún sueldo puede hacer."

El agotamiento es real. La falta de reconocimiento institucional también. Pero la mayoría de estas mujeres no están esperando un aplauso del sistema. Están construyendo algo paralelo, algo propio.

Lo que el activismo local le enseña al país

En un momento en que la política nacional parece cada vez más lejana de la gente, el trabajo de estas mujeres en sus colonias ofrece una lección urgente: el cambio más duradero no baja de los palacios de gobierno, sube desde los patios traseros.

Las redes que tejen estas activistas son, en muchos sentidos, más resilientes que cualquier programa social. No dependen de un presupuesto que puede recortarse ni de un funcionario que puede cambiar. Dependen de la confianza entre vecinas, y esa confianza, una vez construida, es muy difícil de desmantelar.

Además, estas mujeres están formando a la siguiente generación. Sus hijas las ven organizarse, hablar en asambleas, negociar con funcionarios. Están aprendiendo que tienen voz y que esa voz vale.

Una invitación a ver lo que ya existe

Quizás lo más importante que podemos hacer, desde donde estemos, es voltear a ver lo que ya está pasando en los barrios. Antes de preguntarnos qué le falta a México, vale la pena preguntarnos qué ya está construyendo esa mujer que lleva años convocando a sus vecinas en el parque de la esquina.

Ellas no necesitan que las rescaten. Necesitan que las escuchemos, que las apoyemos, que amplifiquemos lo que ya están haciendo. Porque el verdadero pulso de este país no está en los noticieros nocturnos. Está en las colonias, en las asambleas sin micrófono, en los grupos de WhatsApp donde una mujer a las once de la noche escribe: "¿Alguien puede acompañarme mañana a la delegación?"

Y alguien siempre responde: "Aquí estoy."

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